Por Rocio Saura
El patriarcado tiene más de mil años, no va a caer con flores. Por eso el 8 de marzo (8M) no es una fecha ornamental ni un saludo protocolar: es una jornada de memoria, de denuncia y de disputa. No estamos todas, faltan las que fueron silenciadas para siempre, las que la violencia arrancó de las calles y de la historia. El 8M incomoda porque expone lo que todavía persiste: la violencia, la desigualdad, la precarización, el silenciamiento. No es celebración. Es lucha. Y mientras las estructuras sigan intactas, el reclamo también.
¿Flores en marzo y silencio el resto del año?
El 8 de marzo no nació como un día de festejo; de hecho, su sentido histórico no podría estar más lejos de eso. Surgió de la lucha obrera y de la protesta. A comienzos del siglo XX, miles de trabajadoras textiles salieron a las calles para reclamar jornadas más cortas, salarios dignos y condiciones laborales humanas. En 1908, en la ciudad de Nueva York, una movilización de mujeres trabajadoras marcó un antecedente clave en esa historia de organización y resistencia.
El 8M, entonces, no surge del homenaje sino del conflicto. No nace de la celebración sino de la desigualdad. Es una fecha atravesada por huelgas, marchas y reclamos colectivos. Conmemorar no es festejar: es reconocer que los derechos que hoy existen fueron conquistados frente a estructuras que se resisten a ceder, y que muchos otros todavía siguen en disputa.
Por eso el 8 de marzo no es un día para flores ni felicitaciones. Es una jornada de memoria, de exigencia y de lucha. Y también es un recordatorio de que la transformación no se hereda sola: se aprende, se practica y se transmite. Como señaló Gloria Steinem, “la mejor forma de cultivar la valentía en nuestras hijas y otras jóvenes es mediante el ejemplo. Si ven a sus madres y a otras mujeres de sus vidas afrontar el futuro sin temor, sabrán que es posible hacerlo”.
¿Qué significa ser mujer dentro de una estructura machista?
La Real Academia Española dice que mujer es una “persona del sexo femenino” y que femenino es aquello “propio de la mujer”. Definiciones limpias, asépticas, sin sangre ni historia. Conceptos ordenados que parecen suficientes hasta que se los enfrenta con la realidad.
Esas palabras nunca fueron neutrales. Lo “propio” de la mujer no fue solo una descripción biológica; fue también una frontera que delimitó comportamientos, una expectativa convertida en mandato, una jaula invisible.
Ser mujer no es una simple categoría gramatical: es una posición dentro de una estructura. Como escribió Simone de Beauvoir, “no se nace mujer: se llega a serlo”. Y ese tránsito no es abstracto. Se llega a serlo aprendiendo el miedo antes que la libertad, la vigilancia antes que la confianza, la culpa antes que el deseo. Se aprende hasta dónde hablar, hasta dónde caminar, hasta cuánto espacio ocupar sin incomodar.
En Argentina ser mujer significa que cada 30 horas se sufre un feminicidio y que la impunidad se ha vuelto rutina. En Sudán o República Democrática del Congo significa crecer sabiendo que el propio cuerpo puede convertirse en territorio de guerra, en mensaje, en castigo.
En El Salvador o Honduras significa no poder decidir si querés ser madre, porque el Estado legisla sobre tu útero y la ley pesa más que tu vida incluso en contextos de violencia o riesgo. En ciertos lugares, como Afganistán o Irak, implica necesitar permiso para viajar, estudiar o trabajar, depender de una firma masculina para ejercer derechos básicos. En otros, como Somalia o Guinea supone vivir con la posibilidad de ser sometida a mutilación genital o a un matrimonio forzoso siendo todavía una niña, porque la tradición o la inacción estatal valen más que el consentimiento.
Y aun donde nada de eso parece ocurrir, ser mujer sigue significando ganar menos por el mismo trabajo, cargar con dobles y triples jornadas invisibles, volver a casa con las llaves entre los dedos, denunciar y ser interrogada como sospechosa, hablar y que duden de tu palabra.
La pregunta, entonces, no es qué dice el diccionario. La pregunta es qué hace el poder con esa palabra, cómo la moldea y cómo la utiliza para distribuir miedo, límites y oportunidades.
Porque mientras en algún lugar del mundo ser mujer siga significando riesgo, control o muerte, no estamos frente a una discusión semántica. Estamos frente a una arquitectura de desigualdad cuidadosamente sostenida, y las arquitecturas se transforman cuestionando sus cimientos.
El 8M no es una fecha en el calendario: es una interpelación.
Porque el patriarcado no es un error cultural ni un malentendido histórico; es una forma de organización del poder. Se sostiene en leyes, en prácticas económicas, en instituciones y en narrativas que parecen naturales. Por eso no alcanza con gestos simbólicos ni con discursos vacíos. Transformar la estructura implica disputar privilegios, revisar jerarquías y redistribuir poder, y eso no ocurre sin incomodar a quien se beneficia de esto.







