Heridas que no cierran: Feminicidios en America Latina

Por Rocio Saura

Sus cuerpos aparecen en descampados, calles, ríos o fosas comunes, mientras el Estado mira hacia otro lado, incapaz —o peor, indiferente— ante la masacre. No se trata de casos aislados ni de tragedias privadas: se trata de un patrón sistemático de violencia que revela el fracaso absoluto de las políticas de seguridad, justicia e igualdad. El feminicidio no es solo violencia de género; es la evidencia brutal de un orden social roto, incapaz de garantizar justicia y seguridad. La impunidad, el abandono institucional y la complicidad cultural han convertido a esta región en un cementerio abierto, donde nacer mujer puede ser una condena de muerte.

¿Qué entendemos por feminicidio?

El femicidio, también conocido como feminicidio, representa la forma más extrema de violencia de género y constituye una de las principales causas de muerte de mujeres y niñas en América Latina. Este crimen se caracteriza por la muerte violenta de mujeres cuya causa principal es la existencia de relaciones asimétricas de poder. La distinción fundamental entre el femicidio y el homicidio radica en que la privación de la vida se comete por razones de género, reflejando las relaciones de poder desigual que estructuran la sociedad.

Sin embargo, a pesar de la gravedad y magnitud de esta realidad, el femicidio continúa siendo invisibilizado en muchos contextos. En Argentina, el presidente Javier Milei ha cuestionado la existencia misma del término “femicidio”, argumentando que su inclusión en el Código Penal implica que “la vida de una mujer vale más que la de un hombre”. Esta postura no solo desconoce la especificidad del crimen, sino que también refleja una negación de la violencia estructural que enfrentan las mujeres. Al eliminar la figura del femicidio del Código Penal, se corre el riesgo de despojar a las víctimas de un reconocimiento legal que visibiliza la violencia de género y dificulta la implementación de políticas públicas efectivas para su prevención y sanción.

 

¿Es la violencia contra las mujeres un problema de individuos violentos o un síntoma de estructuras que toleran la desigualdad? ¿Por qué en América Latina persiste con tanta intensidad?

La violencia contra las mujeres en América Latina no puede ser entendida como un fenómeno aislado o producto de individuos únicamente, debe ser entendida como la manifestación más extrema de un sistema patriarcal profundamente arraigado. La antropóloga argentina Rita Segato sostiene que “la violencia de género es una forma de violencia estructural que se reproduce en las instituciones, en las leyes, en las costumbres y en las prácticas cotidianas” Esta perspectiva destaca que la violencia no es un hecho aislado, sino un síntoma de un orden social que tolera y reproduce la desigualdad.

La persistencia de la violencia contra las mujeres no puede desligarse de la historia de la región ni de la configuración de sus territorios. El legado colonial dejó profundas huellas en las relaciones sociales, instaurando jerarquías raciales, de clase y de género que aún hoy estructuran la vida cotidiana. El patriarcado latinoamericano no se desarrolla en el vacío: se combina con el racismo, el extractivismo y la concentración del poder político y económico que históricamente han invisibilizado a las mujeres.

En este contexto, la violencia se convierte en un lenguaje de dominación que atraviesa los cuerpos femeninos como una extensión del control territorial. Como han señalado autoras feministas latinoamericanas, el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente concebido como un espacio de apropiación, primero en la lógica colonial y esclavista, luego en la consolidación de Estados-nación que naturalizaron la exclusión de género. Así, la violencia machista no solo se perpetúa en el ámbito privado, sino también en los entramados políticos, económicos y culturales que configuran la región.

Este fenómeno no puede entenderse de manera aislada: es la manifestación de estructuras históricas que han tolerado, legitimado y perpetuado la desigualdad a lo largo del tiempo. Su persistencia responde a una deuda histórica de los Estados. La ausencia de información precisa, actualizada y con enfoque interseccional limita la capacidad de diseñar políticas públicas efectivas, mientras que la impunidad y la falta de perspectiva de género en los sistemas judiciales perpetúan el círculo de violencia. La región, marcada por profundas desigualdades sociales y económicas, reproduce patrones patriarcales que intersectan con el racismo, la pobreza y la exclusión, lo que agrava la vulnerabilidad de millones de mujeres. Como señala Eugenia D’Angelo, directora de MundoSur, “Allí donde el Estado calla, ellas narran, documentan y resisten”, recordándonos que son las mujeres y los movimientos feministas quienes sostienen la memoria, denuncian las violencias y exigen justicia frente a un Estado que sigue en deuda.

 

¿Qué nos dice la cifra de un feminicidio cada dos horas sobre el valor que la sociedad le otorga a la vida de las mujeres?

Entre enero de 2021 y lo que va de 2025, América Latina y el Caribe registraron 13.235 feminicidios, lo que equivale, alarmantemente, a un feminicidio cada dos horas. Estos datos no solo reflejan una violencia extrema contra las mujeres, sino que también evidencian la persistencia de estructuras sociales, políticas y culturales que siguen fallando en proteger a la población femenina.

La evidencia estadística indica que el Estado ha asumido una posición de desinterés frente a la violencia de género. Las cifras revelan un patrón sistemático de indiferencia ante los reclamos sociales y la incomodidad que genera cuestionar estructuras patriarcales históricamente naturalizadas. La vida de las mujeres continúa siendo desvalorizada, no únicamente en el momento de su muerte, sino a lo largo de su existencia, cuando se vulneran sus derechos, se desestiman sus denuncias y se ignora su seguridad. Esta persistente negligencia institucional expone la fragilidad de los mecanismos de protección y justicia, evidenciando una deuda estructural que la sociedad y el Estado mantienen con la vida y la dignidad de las mujeres.

Fueron 13.235 y detrás de cada número había una vida, un proyecto, una historia que fue brutalmente interrumpida. Le arrebataron la vida a Catalina Gutiérrez, a Debanhi Escobar, a Astrid Cruz, a Tamara Gómez, a Ingrid Escamilla Vargas, a Taymara Gómez Macías, a Yolanda Martínez, a Marité Elizabeth Espinoza Molinas, a Alicia Alvarenga García, a María Fernanda Contreras y a muchas otras mujeres  que aún viven en nuestra memoria.

Recordarlas es un acto de memoria colectiva y de justicia. Como señala Marcela Lagarde: “El feminicidio no es solo un crimen contra la mujer, es un crimen contra la sociedad que lo permite.” Hoy, escribo y hablo por ellas, porque ellas ya no pueden. La calle grita lo que sus voces ya no pueden, y el recuerdo de sus vidas se convierte en un clamor que exige ser escuchado. No podemos permitir que sus historias se apaguen en el silencio. Es nuestra responsabilidad continuar su lucha, visibilizar su dolor y exigir justicia.  Mientras haya una sola mujer asesinada por el sistema patriarcal, todas somos responsables de alzar la voz y mantener viva su memoria.

Como bien dice Simone de Beauvoir: “Quien mata la libertad de una mujer, mata la libertad de todos.” ¿Qué estamos haciendo cada uno de nosotros para que estas vidas no sean olvidadas? ¿Cómo intervenimos frente a las violencias que atraviesan nuestras familias, comunidades y espacios de trabajo? ¿Hasta qué punto toleramos, silenciosamente, normas y actitudes que perpetúan la desigualdad de género?

 

BIBLIOGRAFÍA

Al menos 11 mujeres son víctimas de feminicidio cada día en América Latina y el Caribe. (s. f.). Comisión Económica Para América Latina y el Caribe. https://www.cepal.org/es/comunicados/al-menos-11-mujeres-son-victimas-feminicidio-cada-dia-america-latina-caribe

Feminicidios bajo la lupa. (s. f.). https://mlf.mundosur.org/lupa

Drazer, M. (2024, 25 noviembre). Feminicidios sin freno en América Latina. dw.com. https://www.dw.com/es/feminicidios-sin-freno-en-am%C3%A9rica-latina/a

25 de septiembre de 2025
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