Por Facundo Castro
La primera semana de 2026 llegó pisando fuerte en el escenario internacional, dejándonos ver un primer panorama del porvenir de las relaciones internacionales, abriendo nuevos debates políticos e ideológicos y posicionando a la política externa de Trump como el principal protagonista de lo ocurrido alrededor del mundo. Este artículo analiza la crisis en Irán y las razones estructurales detrás de las recientes manifestaciones contra su régimen teocrático.
Irán se encuentra en una encrucijada crítica, lidiando con importantes desafíos internos y externos. En el ámbito nacional, enfrenta crecientes brechas entre el Estado y la sociedad, una economía debilitada, una grave degradación ambiental y la incertidumbre sobre quién sucederá al Líder Supremo Alí Jamenei. También enfrenta importantes reveses en sus esfuerzos por proyectar poder e influencia en Oriente Medio, con sus aliados no estatales debilitados por las batallas con Israel desde 2023. Mientras tanto, el futuro de su programa nuclear es incierto tras los ataques israelíes y estadounidenses durante la guerra de junio de 2025. Teherán se encuentra sumido en el debate sobre si negociar de nuevo sobre el programa o atrincherarse ante la creciente presión occidental.
¿Fin del Régimen de los ayatolás en Irán?
Gregg Roman, el director ejecutivo del Middle East Forum, describe esta situación como “La tormenta perfecta para los iraníes que buscan la libertad y la democracia, y la situación más imperfecta para aquellos contra quienes protestan”. Se pueden encontrar problemas multifacéticos dentro de las causas de tales protestas, entre ellas una baja histórica de la moneda nacional frente al dólar, lo que generó una huelga por parte de los trabajadores del bazar iraní. Esta acción no es una mera protesta económica; es un eco histórico. En 1979, la huelga del bazar fue el presagio de la caída del Sha; 49 años después, el silencio comercial vuelve a gritar en las calles de Teherán. Por lo que esta acción en concreto puede significar un punto de inflexión en el futuro del régimen iraní tal y como hoy lo conocemos.
Pero esta situación no es algo reciente, la sociedad iraní hace años que se opone ante las decisiones que toma el régimen, lo mismo sucedió en 2009 con el movimiento verde, en 2019 por un aumento en el precio del combustible, y la última en 2022 con el movimiento Mujer, Vida, Libertad que se centró en la imposición del hiyab. No solo esto, sino que también el presidente Trump advirtió de manera pública al régimen de no reprimir violentamente a los manifestantes. Entonces se puede concluir que la razón de las revueltas actuales son el resultado de las represiones y la falta de soluciones que se ofrecen a la sociedad.
Introduciendo conceptos de teoría política, para entender la profundidad de lo que está pasando, una lectura clave es Hannah Arendt. En Sobre la violencia, ella proporciona una idea que rompe con el sentido común: el poder y la violencia no son lo mismo, de hecho, son opuestos. El poder real nace cuando la gente se pone de acuerdo y actúa en conjunto; es consenso puro. La violencia, en cambio, es instrumental y se usa una vez que no hay legitimidad. Esto encaja perfecto con la situación iraní. La represión brutal del régimen no es una demostración de fortaleza, sino todo lo contrario, es la prueba de que se quedaron sin autoridad política. Cuando el bazar va a huelga y la calle se levanta, lo que están haciendo es retirarle el consentimiento al Estado. Al régimen de los ayatolás ya no le queda ‘poder’ en términos arendtianos, solo le quedan las armas. Y como bien dice la teoría, la violencia puede destruir el poder, pero es incapaz de crearlo. Están intentando llenar con balas un vacío de legitimidad que ya es irreversible.
Sin embargo, para entender por qué Irán llegó a este punto de ebullición en 2026, es obligatorio mirar hacia el pasado y reconocer que la paranoia del régimen no nace de la nada, sino de cicatrices históricas reales provocadas por el intervencionismo occidental, que, de cierta manera, forja su identidad. No podemos ignorar la sombra de la ‘Operación Ajax’ de 1953, cuando la CIA y el MI6 orquestaron el golpe contra Mohammad Mosaddeq, un primer ministro democráticamente elegido, solo por nacionalizar el petróleo. Aquella intervención, diseñada para proteger intereses energéticos bajo la excusa de la Guerra Fría, sembró la semilla del resentimiento que estallaría en la Revolución Islámica de 1979. El régimen actual ha sobrevivido décadas alimentándose de este discurso antiimperialista, utilizando cada sanción y cada amenaza externa como combustible para legitimar su narrativa de ‘resistencia’, incluso cuando su propia población ya no compra ese relato.
Por otro lado, si analizamos el escenario actual bajo la lupa de las intervenciones más recientes en la región, el miedo al vacío de poder es palpable. Los ejemplos de Irak en 2003 o Libia en 2011 funcionan como advertencias sangrientas de lo que sucede cuando una intervención extranjera decapita a un régimen autoritario sin tener un tejido social listo para sostener la transición. En esos casos, la ‘liberación’ prometida derivó en guerras civiles, anarquía y estados fallidos que terminaron siendo caldo de cultivo para el extremismo. La diferencia fundamental hoy radica en que el impulso de cambio en Irán no viene de una invasión de la OTAN, sino de una sociedad civil vibrante, educada y harta, que está erosionando al sistema desde adentro. La comunidad internacional se enfrenta entonces a un desafío de cirugía mayor: ¿Cómo apoyar esa transición orgánica sin repetir los errores del ‘nation-building’ forzoso? Apoyar no significa necesariamente invadir, pero la línea entre la presión diplomática efectiva y la injerencia desestabilizadora es tan delgada que cruzarla podría darle al régimen la excusa perfecta para militarizar aún más su respuesta.
Derecho internacional e intervenciones
Ahora vamos a mencionar un debate que está en boca de todos, y en su mayoría por lo sucedido en Venezuela esta primera semana del 2026. ¿Hasta dónde es legítima la intervención de un país extranjero sobre los conflictos internos de otro país?
En cuanto a este debate se pueden mencionar diversas opiniones, entre ellas la soberanista (o legalista), alegando que el respeto del derecho internacional se debe mantener, aunque se vean afectados los derechos humanos de la población local, y defendiendo una solución quizás más tardía, pero “propia”. En contraposición hay quienes lo ven desde una postura más intervencionista (o humanitaria), anteponiendo una solución rápida con ayuda extranjera, reduciendo así los costos humanos, pero sacrificando cierto nivel de soberanía.
El dilema es brutal: ¿priorizamos el respeto irrestricto a la autodeterminación o aceptamos ‘ceder’ soberanía a cambio de salvar vidas y acelerar la libertad?, ¿Un régimen dictatorial se considera autodeterminación y salvar vidas justifica ceder soberanía?
Son preguntas con respuestas muy obvias para algunos, pero que sorprendentemente dividen opiniones. Lo que debemos recordar es que ningún país está a salvo de la injerencia extranjera y mucho menos en un mundo tan interconectado como en el que vivimos hoy en día.








