Por Rocio Saura
Con un discurso incendiario, promesas de libertad económica y un estilo de confrontación permanente, Javier Milei ha llevado la política exterior argentina a un terreno nuevo. Su gestión no solo reconfiguró —para bien o para mal— el tablero interno, sino que aplicó ese mismo estilo directo y cortante a la política exterior, actuando como una “motosierra” sobre tradiciones históricas. Este es un balance crudo, un análisis que busca entender no solo lo que hizo el presidente de la nación, sino también el terreno que preparó para el futuro de Argentina en lo que respecta a política exterior.
¿Por qué nos importa la política exterior?
La política exterior no es un tema distante ni secundario, la misma influye directamente en la economía, la seguridad y la imagen de un país en el mundo. La política exterior puede abrir mercados o cerrarlos, generar oportunidades de cooperación o sembrar tensiones, fortalecer la soberanía o exponer vulnerabilidades. Como recuerda Christopher Hill, “la política exterior conecta la política interna con el sistema internacional”. En esa conexión se juega mucho más de lo que parece: el bienestar cotidiano, las oportunidades de desarrollo y el lugar que ocupa una nación en el escenario global.
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Red transnacional
La política exterior de Milei se centra en la construcción de una red transnacional formada exclusivamente por partidos y líderes conservadores de derecha, unidos principalmente por su rechazo al progresismo global. Esta estrategia reduce drásticamente la apertura al diálogo con actores que no comparten esa orientación ideológica, cerrando espacios de negociación y cooperación internacional. La red carece de consistencia estratégica: mientras algunos líderes promueven políticas comerciales más abiertas, otros adoptan posturas proteccionistas o nacionalistas, pero Argentina se mantiene alineada con todos ellos en función de afinidades ideológicas. Como advierte Keohane, “la interdependencia compleja implica que las relaciones entre los estados son cada vez más profundas y complejas, lo que requiere cooperación más allá de las alianzas ideológicas”. Al limitar sus vínculos a esta red de derecha, Argentina adopta un patrón de inserción internacional segmentado y dependiente de afinidades ideológicas, que reduce su capacidad de participar efectivamente en procesos multilaterales y regionales más amplios.
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Neutralidad
Históricamente, la política exterior argentina se caracterizó por mantener una posición neutral, buscando equilibrar relaciones con distintos actores internacionales y preservando un margen de autonomía estratégica. Este enfoque permitía al país intervenir como mediador en conflictos regionales, consolidar su prestigio en foros multilaterales y proyectar una imagen de defensor del derecho internacional.
Bajo la presidencia de Javier Milei, este patrón de neutralidad se encuentra profundamente alterado. Argentina ha comenzado a posicionarse explícitamente a favor o en contra de determinados países, privilegiando alianzas con Estados Unidos, Israel y gobiernos de derecha en Europa y América Latina, mientras adopta posturas críticas hacia gobiernos progresistas. Esta orientación representa un cambio de paradigma: la diplomacia ya no busca el equilibrio ni la flexibilidad, sino el alineamiento ideológico, subordinando la inserción internacional a afinidades políticas y económicas de corto plazo.
Este giro representa una subordinación del interés nacional a un esquema ideológico transnacional, donde la consistencia estratégica y la autonomía relativa son sacrificadas en favor de la performatividad política y el alineamiento con bloques afines. Así, la política exterior deja de ser un instrumento de inserción soberana y previsibilidad internacional para convertirse en un reflejo de la polarización doméstica y de una agenda de afinidades ideológicas que limita la capacidad de Argentina de actuar como actor flexible, independiente y confiable en el escenario global.
La neutralidad entendida como un activo estratégico y símbolo de autonomía, ha sido reemplazada por un posicionamiento rígido y selectivo, con costos directos sobre la credibilidad, la influencia internacional y la capacidad de mediación del país.
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Del compromiso a la desautomatización
“En un mundo interdependiente, ningún país puede alcanzar sus objetivos de manera aislada; la cooperación multilateral es clave para enfrentar problemas globales” (Nye, 2004, Soft Power: The Means to Success in World Politics) – Esta idea refleja la función central que ha tenido el multilateralismo en la política exterior argentina, históricamente concebido como un instrumento de autonomía relativa: al participar activamente en organismos internacionales y bloques regionales, el país podía proyectar su voz, mediar en conflictos y equilibrar relaciones con distintas potencias. Bajo la administración de Javier Milei, se observa un paso claro de ese multilateralismo hacia la desautonomización. Esto implica que un país pierde control sobre sus políticas públicas, adaptándolas a exigencias externas o de actores privados debilitando su margen soberano. En el caso de Argentina ya no utiliza los espacios multilaterales como herramientas de construcción de poder independiente o como plataforma para avanzar sus intereses nacionales de manera estratégica, lo que debilita y recorta la capacidad estatal de fijar prioridades propias.
Históricamente, Argentina se había consolidado como un propulsor y defensor de los derechos humanos en el ámbito internacional, construyendo una identidad diplomática que combinaba la defensa de la justicia internacional, la memoria histórica y la cooperación en materia de derechos fundamentales. Desde los juicios por delitos de lesa humanidad hasta su activa participación en foros multilaterales, el país proyectaba una imagen de coherencia ética y liderazgo moral en la región y más allá. Sin embargo, bajo la presidencia de Javier Milei, este capital simbólico se encuentra seriamente erosionado. La decisión de retirarse del Consejo de Derechos Humanos de la ONU representa no solo un gesto diplomático, sino un giro estratégico que contradice décadas de tradición histórica, dejando a Argentina al margen de los debates y mecanismos donde había ejercido un rol destacado.
Este patrón se extiende a otros organismos internacionales. La retirada de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la falta de participación en cumbres y foros regionales, como el Mercosur o conferencias multilaterales, refuerzan la imagen de un país que prioriza el alineamiento ideológico y económico con actores selectivos sobre la construcción de consensos colectivos. La ausencia en estos espacios reduce no solo la capacidad de incidencia política de Argentina, sino también su legitimidad para influir en agendas internacionales que históricamente había liderado, desde políticas de derechos humanos hasta cooperación en salud, migración y desarrollo regional.
Este abandono del multilateralismo constituye un paso significativo hacia la desautonomización: Argentina deja de proyectarse como un actor autónomo, confiable y coherente, para asumir un papel subordinado a alineamientos externos, comprometiendo décadas de prestigio y capital simbólico acumulado en el escenario internacional.
¿Qué es la diplomacia performativa?
Entendida como un estilo de actuación internacional en el que las señales públicas, los gestos mediáticos y las declaraciones ruidosas predominan sobre la negociación sustantiva y la construcción de consensos multilaterales. En lugar de utilizar los canales tradicionales de la diplomacia profesional como los informes técnicos, trabajo silencioso en foros multilaterales, o la mediación estratégica, las acciones del gobierno priorizan impacto inmediato en la opinión pública y confrontación simbólica, lo que genera visibilidad, pero erosiona la credibilidad y la previsibilidad del país.
La diplomacia performativa transforma la política exterior en un escenario de espectáculo político, y tiene un costo: reduce la capacidad de influencia, compromete los canales de cooperación, y debilita la percepción de Argentina como un actor confiable y consistente. Así, la política exterior deja de ser una herramienta de inserción soberana y se convierte en un instrumento de marketing político, dirigido tanto a audiencias internas como a aliados selectivos en el exterior, en lugar de servir a intereses nacionales estratégicos.
Como advierte Rosenau, “La política exterior no es simplemente una extensión de la política interna; es una arena en la que se negocian los intereses nacionales, se gestionan las relaciones internacionales y se proyecta la identidad del Estado en el mundo”. Frente a esta realidad, surge una interrogante crucial: ¿está Argentina sacrificando su autonomía estratégica y su credibilidad internacional por una política de gestos y espectáculo, a expensas de sus valores históricos y de su rol en la escena global? Si esta tendencia se consolida, Argentina corre el riesgo de transformar su política exterior en un reflejo de la polarización interna y de las preferencias ideológicas de corto plazo, en lugar de un instrumento de proyección estratégica y soberana. Este patrón compromete no solo la influencia y prestigio del país en la arena internacional, sino también la definición misma de su identidad como actor confiable y responsable en un mundo interdependiente.
BIBLIOGRAFÍA
Diplomacia Activa. (2024, 23 septiembre). Argentina frente a una política exterior libertaria [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=58UzWjmSjIM






