Por Paula Villaluenga
La guerra entre Rusia y Ucrania entra en una fase mediáticamente menos ruidosa pero no menos decisiva: la disputa ya no es solo por territorio, sino por las condiciones políticas del final.
Movimiento diplomático, no final de guerra
Las recientes rondas de negociación entre los beligerantes, con mediación directa de EE.UU. y sede en Abu Dabi, marcan el punto de mayor actividad diplomática desde los primeros intentos en 2022. Pero no estamos listos para describir el proceso como un giro decisivo hacia la paz. Eso sería prematuro e irresponsable. Lo que está en marcha no es el cierre del conflicto, sino la puja por definir en qué términos podría congelarse o transformarse una guerra que ya reconfiguró la seguridad europea.
Estas negociaciones no surgen de un acercamiento político, sino de una realidad compartida: el desgaste. Tras años de combates, pérdidas humanas masivas y costos económicos sostenidos, tanto Moscú como Kiev operan bajo presión. La diplomacia aparece, entonces, como una herramienta de gestión de daños antes que como resultado de reconciliación.
Fatiga estratégica en ambos bandos
Rusia llega a esta instancia con una posición militar relativamente más favorable que en otros momentos del conflicto. Sus avances han sido graduales y costosos, pero suficientes para sostener la narrativa de que el tiempo juega a su favor. Moscú apuesta a que la prolongación de la guerra erosione la cohesión occidental y debilite la capacidad de apoyo sostenido a Kiev.
Ucrania, por su parte, mantiene capacidad de resistencia, pero con una dependencia estructural de asistencia militar, financiera y energética externa. La continuidad del apoyo occidental, especialmente estadounidense, se ha vuelto un factor de incertidumbre política. Esto no implica un colapso ucraniano, pero sí un entorno más complejo para sostener una guerra prolongada sin horizonte de resolución.
En este marco, las negociaciones no expresan confianza en el otro, sino fatiga estratégica asimétrica: ninguno logra una victoria decisiva, pero ambos enfrentan costos crecientes.
El “Proceso de Abu Dabi” y el rol central de Estados Unidos
A diferencia de intentos anteriores, donde hubo mayor protagonismo europeo o marcos multilaterales amplios, este nuevo canal se caracteriza por una mediación concentrada en Washington. EE. UU. actúa como principal articulador indirecto entre Moscú y Kiev, con un enfoque más pragmático que normativo, como es el estilo de Donald Trump.
El objetivo inmediato parece ser estabilizar la situación militar y reducir riesgos de escalada mayor – incluidos incidentes directos entre fuerzas rusas y actores de la OTAN – antes que alcanzar un tratado de paz integral. Así, las medidas acordadas hasta ahora, como intercambios de prisioneros y reactivación de canales militares para evitar incidentes, son pasos de gestión del riesgo, no de resolución del conflicto.
Este enfoque refleja también prioridades globales estadounidenses: reducir la intensidad de un frente que consume recursos, atención política y capital diplomático.

Los tres nudos que traban un acuerdo
Las conversaciones enfrentan obstáculos estructurales que no se resuelven con gestos simbólicos.
El primero es territorial. Rusia busca consolidar el control sobre las regiones ocupadas, mientras Ucrania enfrenta un límite político y jurídico severo para aceptar pérdidas territoriales permanentes. Cualquier concesión en ese punto puede ser vista internamente como una capitulación.
El segundo es el estatus de seguridad de Ucrania. Moscú insiste en frenar su plena integración a la OTAN; Kiev considera que las garantías de seguridad externas son esenciales para evitar futuras agresiones. La cuestión de si Ucrania será un Estado con plena libertad estratégica o una “zona amortiguadora” condicionada es central.
El tercero es la arquitectura de garantías: ¿quién garantiza un eventual alto el fuego? ¿Con qué mecanismos de verificación y respuesta ante violaciones de éste? Sin respuestas creíbles, cualquier acuerdo será frágil.

Tensiones dentro de Occidente
Las negociaciones no solo muestran tensiones entre los beligerantes, sino también dentro del bloque occidental. Mientras EE.UU. parece inclinarse por un acuerdo que congele la guerra y reduzca riesgos de escalada, varios gobiernos europeos temen que un arreglo apresurado deje a Ucrania en una zona gris vulnerable.
Para Europa, la guerra no es un frente lejano sino una crisis en su vecindad inmediata, con implicancias directas para su seguridad, energía y estabilidad política. Un acuerdo que no resuelva las causas profundas del conflicto podría trasladar la inestabilidad a largo plazo.
Justicia, impunidad y límites de la paz
Otro frente delicado es el de la justicia internacional. Las discusiones sobre posibles amnistías o fórmulas de inmunidad para facilitar un acuerdo chocan con investigaciones en curso por crímenes de guerra y con iniciativas para juzgar el crimen de agresión.
El dilema es clásico: la paz negociada a menudo entra en tensión con la rendición de cuentas. Un acuerdo que sacrifique completamente la justicia puede ser políticamente más viable a corto plazo, pero arriesga legitimidad y estabilidad a largo plazo.
Economía, sanciones y reconstrucción
La dimensión económica atraviesa todo el proceso. Las sanciones contra Rusia, los activos congelados y la futura reconstrucción de Ucrania forman parte del cálculo estratégico de las partes.
Para Moscú, cualquier alivio económico es un incentivo. Para Kiev, la reconstrucción es cuestión de supervivencia estatal. Para los países occidentales, el control de esos fondos y procesos implica también una influencia política futura.
La paz, en este sentido, no se define solo por el fin de la guerra y unas líneas en un mapa, sino, sobre todo, por acceso a mercados, financiamiento y capacidad de reconstrucción.
Tres escenarios posibles
A corto y mediano plazo, se pueden imaginar tres trayectorias:
- Un acuerdo de estabilidad transaccional, con alto el fuego sobre líneas actuales y garantías de seguridad limitadas para Ucrania.
- Un colapso de las conversaciones y una nueva escalada militar.
- Un conflicto congelado, sin tratado formal de paz, pero con un armisticio de hecho y disputa prolongada.
Más que Ucrania: el orden internacional en juego
Lo que se negocia excede a los dos países en guerra. El resultado enviará señales sobre la relación entre fuerza y derecho en el sistema internacional. Si el desenlace es percibido como validación de cambios territoriales por la fuerza, su impacto resonará más allá de Europa. Si, en cambio, se combinan cese de hostilidades, garantías de soberanía y algún grado de rendición de cuentas, se habrá contenido parte del daño normativo.
Estas conversaciones no marcan el fin de la guerra, pero sí el momento en que su desenlace empezó a discutirse abiertamente en términos de límites, concesiones y costos. En esa mesa no solo se negocia un frente militar, sino el tipo de orden internacional que emergerá después de esta guerra.






