Por Torres Camila Rocio
Tras los bombardeos del sabado 3 de enero del 2026 sobre la ciudad Catia de Mar al oeste de Caracas y la sorpresiva detención del presidente ilegitimo Nicolas Maduro y su esposa por parte de las fuerzas militares estadounidenses, el orden paradigmatico de la región de America Latina nos muestra un sintoma tangible de una transicion que nos deja a todos en vilo. Las hipótesis son cientas, los reclamos y las posturas son miles, pero es acertado pensar que este evento inesperado ha dejado una huella imborrable en nuestra historia contemporánea actual. La pregunta ahora es ¿Qué sigue? Si echamos un vistazo a la historia y a la teoría crítica transformadora de Robert Cox podremos analizar lo acontecido y sus posibles efectos sobre Venezuela y la región de América Latina.
Del paradigma populista a la derecha en América Latina
La teoría crítica transformadora de Robert Cox se centra en el cuestionamiento de cómo surgen los órdenes de poder, tomando como base el análisis de la historicidad y los procesos de cambio estructural, además no asume como pre-establecidas las relaciones de poder ni mucho menos las estructuras sociales, más bien indaga la posibilidad de transformación de los órdenes paradigmáticos y en la forma en que la política internacional cambia ante los hechos.
Según la teoría, los cambios en las “realidades globales” es decir, el orden mundial, no es un simple balance o ajuste, es una transformación estructural estimulada por fuerzas sociales en conflicto con las estructuras dominantes. Los cambios ocurren en primer lugar cuando se cuestiona las ideas, las instituciones y las relaciones de poder dominantes, en segundo lugar, cuando surgen fuerzas que desafían el consenso hegemónico existente y propone alternativas y en tercer lugar cuando lo viejo deja de ser hegemónico y lo nuevo aún no ha cristalizado en un nuevo bloque histórico.
Cabe resaltar que el paradigma no se transforma simplemente porque irrumpe un hecho externo —como una crisis o una intervención—, sino porque ese acontecimiento quiebra y desestabiliza las relaciones sociales, políticas y de poder que hasta ese momento parecían incuestionables
Durante décadas, América Latina osciló entre proyectos populistas que, con distintos rostros, buscaron ampliar derechos, reforzar el rol del Estado y marcar distancia de Washington, y nuevas derechas que hoy reaparecen con fuerza, combinando liderazgos disruptivos, conservadurismo cultural y una mirada más amigable con el orden occidental. Este corrimiento no fue lineal ni prolijo; es resultado de una acumulación de crisis, desgastes y promesas incumplidas que terminaron resquebrajando el viejo paradigma regional. En ese contexto, la caída del chavismo ya no aparece como un hecho impensable, sino como el síntoma más visible de una transición más profunda.

Los dichos de Donald Trump —apelando a la “restauración del orden”, a la defensa de la democracia y a la necesidad de frenar regímenes considerados una amenaza hemisférica— no hacen más que reforzar esta lectura. Lejos de ser simples exabruptos, sus declaraciones funcionan como señales políticas contundentes; Estados Unidos vuelve a mirar a América Latina no sólo como un espacio de influencia, sino como un terreno donde es urgente reordenar equilibrios en términos estructurales. Así, la intervención en Venezuela puede leerse menos como una reacción aislada y más como el resultado de un momento histórico donde lo viejo ya no logra sostenerse y lo nuevo, todavía difuso, pugna por imponerse.
Intervencionismo estadounidense en la región
La intervención estadounidense en Venezuela tampoco puede leerse por fuera del largo historial de injerencias de Washington en América Latina. Desde Guatemala en 1954, Chile en 1973 o Panamá en 1989, hasta las múltiples operaciones encubiertas durante la Guerra Fría, Estados Unidos ha intervenido de manera recurrente cuando el orden regional deja de estar bajo su control, buscando resguardar su propio radar estratégico y evitar que la política latinoamericana se desplace por fuera de sus márgenes de influencia.
En ese sentido, lo ocurrido en Caracas no inaugura una lógica nueva, sino que reactualiza una práctica histórica que reaparece cada vez que un proyecto político local deja de ser funcional al equilibrio hemisférico dominante. Lo novedoso no es la intervención en sí, sino el contexto: un escenario regional fragmentado, ideológicamente polarizado y atravesado por una transición paradigmática aún en disputa. Con esto podemos además concluir que cuando EEUU no puede tener bajo control a gran parte del mundo tiende a cuidar su propio radar regional.
La captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses no pasó desapercibida en el escenario global y el planeta quedó dividido entre aplausos, condenas y llamados al respeto de las normas internacionales. Mientras líderes como Javier Milei y algunos aliados celebraron la caída del “dictador” y saludaron la acción de Estados Unidos, otros gobiernos —especialmente en Europa, América Latina y Asia— cuestionaron la legalidad de una intervención militar sin respaldo multilateral y exigieron que se respete la soberanía de Venezuela, subrayando que cualquier cambio debe surgir de un proceso político pacífico y no imponer soluciones desde afuera.
Países como España, Alemania, México, Brasil, China y Rusia condenaron la operación como una violación del derecho internacional o advirtieron sobre las consecuencias para la paz y la estabilidad regional. En medio de este mosaico de posiciones, el mundo miró con atención una crisis que no sólo redefine el futuro de Venezuela, sino que también reconfigura la percepción de poder y límites en nuestras relaciones internacionales.
La diáspora venezolana y la esperanza de un futuro mejor
Ahora bien, la intervención estadounidense en Venezuela no debería abordarse en términos morales —como una defensa de la democracia o como un acto de imperialismo per se—, sino como una práctica política inscrita en una estructura histórica de poder. El foco no está en si la intervención es “justa” o “injusta”, sino en qué condiciones históricas la hicieron posible, qué orden busca preservar o reconfigurar y qué actores se ven fortalecidos o desplazados a partir de ella.
El efecto de la crisis venezolana no se limita a variables económicas o políticas, sino que ha dejado huellas psicosociales profundas en la población. Amplios estudios cuantitativos muestran que la gran mayoría de la sociedad venezolana vive con altos niveles de estrés, ansiedad, desconfianza y desesperanza, en un contexto donde gran parte de la inseguridad económica y social se ha arraigado en la cotidianeidad.
Hasta el 90 % de las personas reportan preocupación constante por la situación del país, y una proporción significativa declara experimentar síntomas como ansiedad, depresión o miedo difuso frente al futuro. Una parte importante de la población ha perdido la confianza interpersonal —al punto de que aproximadamente 8 de cada 10 venezolanos responden que no se siente capaz de confiar en otros— y muchos reportan deterioro del ánimo relacionado directamente con las condiciones de vida que enfrentan diariamente. Estos efectos están vinculados no solo con la falta de recursos materiales, sino con la experiencia prolongada de incertidumbre, pérdida de redes sociales y ruptura de vínculos comunitarios.
Además, la migración masiva y el éxodo de millones de venezolanos han amplificado el daño psicosocial, pues el desplazamiento forzado rompe la continuidad de lazos afectivos, genera duelo por la pérdida del hogar y la identidad cultural, y obliga a las personas a enfrentar contextos hostiles en países receptores, donde enfrentan discriminación, estrés cultural y separación familiar.
La diáspora venezolana es una de las más grandes del mundo, comparable con la crisis siria y, en muchos reportes recientes, se ubica entre las más numerosas globalmente: según datos de ACNUR y OIM, “millones de venezolanos han salido del país, lo que convierte su desplazamiento en una de las crisis migratorias más grandes de la historia contemporánea —sólo superada por la de Siria en algunas mediciones o compitiendo con ella según cómo se cuantifique”.
La caída de Maduro marca el fin de un ciclo de miedo y desgaste, y abre una ventana de esperanza para los venezolanos. Pero esa esperanza es frágil: convive con heridas profundas, desconfianza y dolor acumulado. El verdadero desafío no es sólo cambiar de liderazgo, sino reconstruir la confianza, los lazos sociales y un país donde el futuro no dé miedo.
El comienzo de algo nuevo en América Latina
A lo que paradigmas respecta y en definitiva, podemos concluir que a nivel sistema EEUU está intentando conservar la hegemonía ante la región y el mundo multipolarizado, pero a lo que respecta a América Latina, este hecho ha dejado en todos nosotros un sabor de boca que nos hace creer que nada va a ser como antes en nuestra región.
Sin duda alguna estamos ante un evento que muchos especialistas han catalogado como
“histórico” y en definitiva, lo que ocurrió en Venezuela no es solo un hecho político, sino el reflejo de un cambio profundo en toda América Latina. La intervención estadounidense forma parte de un patrón histórico de control y poder, pero detrás de los titulares y los debates internacionales están las vidas de millones de venezolanos que han sufrido miedo, pérdida y ruptura de sus vínculos más cercanos.
La caída de Maduro abre una ventana de esperanza, aunque frágil: esperanza de reconstruir la confianza, de volver a sentir seguridad en la vida cotidiana y de imaginar un futuro donde el país pueda sanar y sus ciudadanos recuperar la dignidad y la posibilidad de soñar. Este momento nos recuerda que los cambios estructurales no son automáticos ni fáciles, pero sí son la oportunidad para reconstruir lo que se perdió y construir algo más justo y humano.
El año 2026 nos está invitando a repensar y reconceptualizar lo que entendemos por paz, democracia y cooperación internacional. Desde lo personal quiero levantar la copa y brindar junto al pueblo venezolado el cual he tenido contacto en los últimos años. Espero este artículo honre la memoria de todos aquellos que murieron lejos de su patria venezolana y por aquellos que han perecido ante las injusticias perpetradas por el régimen chavista.









