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CATALUNYA, HAGAN JUEGO SEÑORES

La dirigencia catalana ha cruzado el Rubicón con el referéndum del pasado domingo. Mariano Rajoy sólo responde con la judicialización y la represión. Mientras tanto, los independentistas realizan una huelga contundente, y el Rey se toma su tiempo para romper el silencio. La ruleta política española abrió sus apuestas, en una partida que ya es histórica.

De enemigos a héroes

El Movimiento 15-M (en 2011) había sido el sacudón político más importante que había experimentado España en la última década, hasta el pasado fin de semana. El 1 de octubre de este 2017, los ojos del mundo apuntaron a la Península Ibérica, y más precisamente a su región más próspera: en Catalunya daban un paso más los que ansían la independencia del gobierno de Madrid.

Estos dos hechos no son aislados, al menos para los líderes del llamado Procés Constituent a Catalunya. El 15 de junio, hace 6 años, miles de catalanes asediaron el Parlamento autonómico, buscando impedir la votación de un presupuesto que incluía fuertes recortes sociales. Artur Mas, el Presidente de la Generalitat de Catalunya (el gobierno regional) tuvo que ingresar al edificio en helicóptero, mientras en las afueras la policía catalana, los Mossos d’Esquadra, reprimían duramente la protesta popular (los mismos que este domingo desconocieron las órdenes de la Fiscalía General y se abrazaron a los catalanes movilizados).

Los citados líderes del Procés tomaron nota del descontento, y de otro movimiento que estaba creciendo en la sociedad catalana ese mismo año 2011: la Asamblea Nacional Catalana (ANC), una organización nacida con el objetivo de alcanzar la independencia política de Catalunya.

Planteado así el panorama, Mas dio un giro estratégico a su gobierno, poniendo a la independencia catalana en el centro de la escena (ver La independencia catalana como mito de gobierno). El contexto de la crisis le permitía apelar al “robo” por parte de España de sus fondos. Su coalición de gobierno recuperó la popularidad y tanto él, como ahora Puigdemont, han logrado poner en cuestión el reparto de los ingresos fiscales y erigir al procesismo como el único interlocutor de la independencia.

Así, con una mixtura de argumentos histórico-culturales y económicos, mediante procedimientos dudosos desde las formas, el independentismo fue avanzando desde la multitudinaria diada del 2012 (la masiva manifestación organizada por la ANC) hasta el referéndum del pasado domingo, ornamentado por miles de Esteladas que cuelgan de los balcones en Barcelona y canciones de Txarango.

Fotografia de la Declaració Institucional del President

“1-0” o cómo cruzar el Rubicón

Comprender el significado del polémico referéndum del domingo puede ser una tarea apresurada en este momento, pero necesaria. Para ello, ayuda a clarificar el abordaje a través de tres lentes diferentes: el judicial, el matemático y el político.

Desde lo judicial, el referéndum catalán estuvo viciado de nulidad desde su nacimiento. La Constitución Española es clara en este sentido: el artículo 2 fundamenta al texto de la ley sobre “la indisoluble unidad de la Nación española”, o sea, para realizar un referéndum independentista debe modificarse la Constitución. Por ello, el Tribunal Constitucional español declaró ilegal la consulta y llamó a conducta al gobierno autonómico catalán, mientras que la Fiscalía General de Estado ordenaba a la Guardia Civil y la Policía Nacional actuar para impedir el procedimiento electoral.

Efectivamente, la jornada del 1-0 se vio entorpecida por el accionar policial, lo cual dejó como consecuencia un manto de dudas sobre las formas en que se realizó la votación. El cierre de colegios obligó a un Censo Universal difícil de controlar por las interrupciones al internet, lo cual quedó de manifiesto en imágenes y videos que los usuarios de redes sociales postearon, donde podía observarse a la misma persona votando en dos mesas diferentes y urnas sacadas a la calle donde la gente sufragaba sin ningún control.

En lo matemático, los números deben sopesarse por las irregularidades recién indicadas. Así y todo, los resultados no son contundentes. Estaban habilitadas 5,3 millones de personas para votar, de las cuales 2,2 emitieron su voto (el 41% del padrón). Los resultados fueron 90% para el , 8% el No y 2% de votos en blanco y nulos.

No obstante, la Generalitat informó que unos 700.000 votos fueron “secuestrados” por las fuerzas policiales. Si no se pone en duda el dato, los números indicarían que la participación fue de 3 millones de personas, o sea, el 56% del padrón. Número débil si se tienen en cuenta otros referéndums independentistas (en 1995, en Quebec, participó el 93% del padrón. En 2014, en Escocia y Crimea la participación superó el 83%). Muy posiblemente, una ley de referéndum pactada entre Catalunya y Madrid hubiese requerido un porcentaje de participación mayor para validar los resultados.

Desde lo político es donde se abren mayor cantidad de interrogantes. En primer lugar, la cuestión independentista es de larga data y fue avanzando desde las bases, no desde la clase política. Si bien los números no demuestran una mayoría contundente de ciudadanos a favor de la secesión, el número aumenta exponencialmente y la participación popular en el Procés ha sido constante, como pudo observarse el pasado fin de semana, donde miles de personas se movilizaron a los colegios para custodiar las urnas. La presión de ese núcleo duro de independentistas será un condicionante clave para el accionar del procesismo en las próximas jugadas de este partido.

Los dirigentes del Procés son el segundo factor a tener en cuenta, ya que han adoptado ciertos compromisos que los fuerzan a cruzar el Rubicón. Al reconocer al referéndum como vinculante, se ven políticamente obligados a seguir la letra de la Ley que ellos mismos impulsaron y llamar a una Declaración Unilateral de Independencia en los próximos días. Cualquier rumbo diferente a este los desacreditaría frente a la población y a sus aliados de la CUP (partido anticapitalista e independentista que, sin integrar la coalición de gobierno, da los votos para obtener las mayorías parlamentarias).

Por último, no hay que desviar la mirada de lo que haga Mariano Rajoy. Hasta el momento, mantuvo una posición intransigente, desconociendo todo el proceso independentista y ordenando la represión del domingo que dejó más de 800 heridos. Si bien la participación en la elección no fue masiva, fue lo suficientemente grande para deslegitimar su afirmación de que “no hubo referéndum en Catalunya”. Además, el uso excesivo de la violencia lo dejó mal parado frente a la comunidad internacional y buena parte de los españoles, que no acompañan su gestión.

Hagan juego

El croupier llama a hacer apuestas y en la mesa se encuentran sentados los tres jugadores principales recién presentados. Sin embargo, hay actores secundarios cuyas apuestas pueden modificar la partida.

Pedro Sánchez, líder del PSOE (la segunda minoría en el Parlamento detrás del oficialista PP) se reunió el lunes con Rajoy y lo instó a abrir diálogo con Puigdemont para encontrar una solución. Por su parte, Pablo Iglesias, cabeza de Podemos (la tercer minoría) pide la renuncia del Presidente y la realización de un referéndum legal y pactado. Además, el catalán Andrés Rivera, líder de Ciudadanos (cuarta minoría, aliada al PP), apoya a Rajoy en su intransigencia y pide la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que habilitaría a una intervención del gobierno nacional sobre el autonómico.

A todo esto, hay algunos observadores curiosos que miran la mesa: la Unión Europea, que apoya al gobierno de Madrid aunque ha condenado el accionar violento, y los nacionalistas de otras comunidades autonómicas (principalmente vascos) que esperan su turno en las gateras.

Llama la atención una silla vacía en el centro de la mesa, a la que todos miran de reojo, esperando su aparición: la del Rey Felipe VI. Al rato de comenzada la partida, y con mucha paciencia, toma asiento y da una declaración intransigente, como para no ser menos. Pide serenidad a sus contrincantes, pero inmediatamente acusa a Puigdemont y los independentistas de “una deslealtad inadmisible”. Los catalanes no parecen inmutarse, mientras que Rajoy se relaja en su asiento.

Planteada así la situación, se abren los escenarios posibles:

Declaración Unilateral de Independencia: Es lo que demanda la ley del referéndum catalán y los independentistas más radicales, como lo han expresado en la huelga del martes. Se estima que podría ocurrir en los próximos días, convirtiendo al actual gobierno autonómico en el nuevo gobierno nacional catalán. No obstante, no será reconocida por ningún Estado europeo, y posiblemente por ninguno en el planeta. Los catalanes se encontrarían sin un ejército nacional, fuera de la Unión Europea y rodeados de un Estado hostil en sus fronteras, sumando a la necesidad de asumir funciones que hasta el momento ejercía el gobierno español. Ante esto, Rajoy tendrá dos opciones, que se detallan a continuación:

El referéndum pactado: Sabiendo que no habrá reconocimiento de la Independencia por parte de España, esta es la apuesta de Puigdemont. Lo avala que muchos líderes europeos se han referido a la necesidad de negociación. La  realización de un referéndum con tres opciones (mantener el statu quo, obtener mayor autonomía o la independencia) parece la salida política más viable en este momento, al estilo escocés. Sin embargo, la judicialización del proceso por parte de Rajoy y el cruce del Rubicón de la dirigencia catalana serían condicionantes muy fuertes para el diálogo, descontando las dificultades propias de la necesidad de una reforma constitucional.

Aplicación del artículo 155 de la Constitución Española: Dicho artículo plantea que si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones de la Constitución, o actuare de forma que atente el interés de España, el Gobierno tiene la posibilidad de “adoptar medidas necesarias” para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de sus obligaciones. El inconveniente para Rajoy es que necesita la mayoría absoluta del Senado, y tanto el PSOE como Podemos han expresado su rechazo a la potencial aplicación de esta medida.

Estos son los escenarios más esperables para los próximos días. Sin embargo, existen otros dos que si bien no son los más probables, no dejan de ser factibles:

La salida de Rajoy: Hasta el momento, el Presidente sólo supo responder con la represión, y no ha logrado más que el alejamiento de las partes. Su apoyo popular es limitado (cabe recordar que pudo acceder al gobierno, hace sólo un año, gracias a la abstención de los Socialistas en el Parlamento). Un cambio de interlocutor desde Madrid podría acercar a los catalanes más moderados y favorecer una salida política. El rol del Rey será fundamental en este aspecto.

Reforma del Estado español en forma federal: Una mayor federalización del Estado español mediante una reforma constitucional es la menos probable de las jugadas, pero contaría con fuertes apoyos de las Comunidades Autonómicas más alejadas a Madrid y los sectores políticos más cercanos a la izquierda. Sería una medida in extremis para “tentar” a Catalunya a mantenerse en España.

Sea cual sea la apuesta ganadora en esta ruleta política, contamos con dos certezas: una declaración de independencia reconocida por la mayoría de los Estados del globo es imposible en las condiciones actuales, y la ruptura del statu quo es inminente. El 1-O ya es el evento político más relevante en la Península Ibérica desde el fallido golpe de Estado de 1981. Hagan juego señores.

Referencias:

Autor: 

Germán López.

7 de octubre de 2017
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