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El Caso Skripal y sus implicancias

El misterioso ataque con agentes nerviosos en el Reino Unido ha tenido una gran difusión, pero quizás sirva para abrir el debate sobre temas más grandes.

El caso del ex agente de inteligencia Serguei Skripal y su hija, envenenados con un potente agente nervioso (bautizado «Novichok«) ha llegado últimamente a todos los noticieros internacionales, más que nada por las consecuencias diplomáticas que ha tenido la acusación del gobierno británico a su contraparte rusa de ser el responsable directo por el ataque, —cosa que de ser cierta sería de enorme gravedad, siendo que se trata de un ataque con armas químicas en el suelo de un Estado soberano por parte de otra potencia—.

Más allá de la discusión sobre la culpabilidad de Rusia en el hecho (a la cual se suma a una larga lista de nacionales rusos viviendo en el Reino Unido, opuestos al gobierno de Putin, que han fallecido en circunstancias sospechosas) y sobre sus consecuencias sobre las relaciones diplomáticas entre ambas potencias, en el presente artículo desearía rescatar ciertos interrogantes que surgen cuando nos encontramos frente a este tipo de actividades cometidas por los Estados.

El ex agente Skripal y su hija fueron encontrados sentados en un banco frente a un centro comercial en Salisbury, en el sur del Reino Unido. Se encontraban en muy mal estado y presentaban síntomas relacionados al envenenamiento mediante algún agente nervioso. Los agentes nerviosos son armas químicas, derivadas del ácido fosfórico, que actúan como inhibidores de la enzima acetilcolinesterasa, necesaria para el funcionamiento de nervios y músculos en animales. Debido a sus características, estos compuestos pueden ser absorbidos por el cuerpo mediante respiración de sus vapores, contacto con la piel y por medio de agua contaminada, lo cual también implica que su uso conlleva grandes probabilidades de afectar a muchas personas además del objetivo.

El hecho de que se diera un ataque semejante en el Reino Unido, en la vía pública y a plena luz del día debería ya por sí solo resultar preocupante, tanto para la población como para las autoridades británicas. Sin embargo, estas últimas fueron un paso más allá: acusaron a Rusia de haber estado detrás del asesinato y prosiguieron expulsando a 23 miembros del personal diplomático ruso en Gran Bretaña, bajo la acusación de ser agentes de inteligencia encubiertos y estar directamente implicados en el hecho

 

Un ataque con armas químicas

La clave de la acusación del Reino Unido no radica únicamente en el hecho de que Sergei Skripal fuera un ex agente del servicio de inteligencia ruso que había pasado información al MI6 (su contraparte británico) y que fuera denominado personalmente por Putin como “enemigo de Rusia”, sino en el aparente descubrimiento de que el agente nervioso utilizado habría sido el conocido como Novichok; quizá el más letal de todos y desarrollado en la Unión Soviética entre los ‘70s y principios de los ‘90s. La combinación de estos dos factores fue suficiente para que el gobierno del Reino Unido declarara culpable al Kremlin de dicho ataque.

Sin embargo, este último dato podría ponerse en duda, ya que desde White Hall se han negado (ante los reclamos rusos) a presentar una muestra del agente utilizado o demostrar de alguna otra manera que se trata efectivamente de Novichok y no de otro agente nervioso. Por otra parte, desde Moscú aseguran, además de no haber tenido nada que ver con el ataque, que todo su arsenal químico heredado de la USSR fue destruido y que, de hecho, la tecnología y los conocimientos para desarrollar el Novichok no son exclusivos de Rusia, sino que otras potencias podrían producirlo.

Sabiendo esto, podemos encontrarnos con el primer interrogante que quería presentar: ¿hasta dónde llega la capacidad de los Estados para concertar semejantes ataques? ¿Qué tan seguros estamos? La posibilidad de una serie de atentados con agentes nerviosos y en grandes centros poblados es bastante preocupante por sí misma, pero si a su vez le agregamos un actor tan poderoso como un Estado (y sobre todo una gran potencia con muchos recursos a su disposición) la imagen puede volverse abrumadora, y sin embargo este es un tema que no aparece mucho en las discusiones sobre seguridad o defensa.

Ahora bien, ante este tema podemos encontrarnos con una postura que apela a la legalidad de semejante accionar por parte de los Estados. No podemos discutir que la ley internacional condena el uso de estos agentes nerviosos, así como otras armas químicas o biológicas y de destrucción masiva, y que por lo tanto, los Estados y gobiernos que siguen el recto camino se abstendrán de usarlas. Pero de por sí esta es una respuesta insatisfactoria: no niega el hecho de que los Estados podrían tener dichas armas (o, lo que en la práctica es lo mismo, estar preparados para tenerlas llegase a ser necesario) y usarlas a discreción, si fuera de acuerdo con sus intereses. A fin de cuentas, no sería la primera vez que la ley internacional sería violada siguiendo el conocido “interés nacional”.

Podemos ver que ésta es una cuestión de importancia, y un interrogante que deberíamos hacernos al enfrentarnos al Caso Skripal y otros similares. Incluso si fuese cierto que Rusia estuviese detrás del ataque, sus capacidades militares (y, podemos inferir, de inteligencia) son, por lo menos, similares a las de China y las potencias europeas, y empequeñecen al lado de las de Estados Unidos, guiándonos por sus gastos en defensa. Si Rusia es capaz de realizar un ataque con un arma química prohibida en el suelo de una potencia nuclear como Gran Bretaña, ¿de qué será capaz China en África, o EEUU en Centroamérica?

Las elecciones rusas

Una panorámica aún más oscura se nos revela si Rusia, como sostiene, no hubiese tenido nada que ver con el ataque. Entonces nos encontraríamos ante la obvia cuestión de quién lo hizo y por qué, cosa que probablemente jamás podríamos responder, dada la secreta naturaleza del asunto y el estado bloqueado de las investigaciones (la falta de cooperación entre Rusia y Reino Unido hecha dudas sobre cualquier resultado que puedan obtener ambos por separado). ¿Podrían haber sido los mismos británicos quienes lo hubiesen hecho?

Aquí surge claramente por qué digo que esta perspectiva es oscura, casi perturbadora: implicaría que un Estado, de esos que tendemos a ver como democráticos y seguidores de la ley, realizó un ataque con armas de destrucción masiva en su propio suelo y arriesgando a su propia población, todo esto siguiendo un motivo que se nos escapa.

Quizás podríamos suponer un motivo, ya que el ataque y la reacción del Reino Unido (más el consecuente escalamiento en las tensiones diplomáticas con Rusia) sucedieron a pocos días de las elecciones presidenciales en Rusia. ¿Es posible que haya sido un intento de inculpar al Kremlin de Putin e influir así en las elecciones? Una perspectiva muy turbia, aunque claro que la pregunta puede funcionar al revés: ¿es posible que haya sido una demostración por parte de Putin que aquellos que se oponen a él tendrán el mismo fin que Skripal?

 

Como cierre

Como podemos ver, ninguna de estas preguntas tiene una respuesta, podemos encontrar datos que apoyen a cualquiera de las posibles soluciones. Pero lo importante, y que quisiera resaltar, es la clase de sistema internacional que presuponen. Al hacernos estas preguntas aceptamos, de facto, que el mundo de la política internacional no se limita a la diplomacia, los foros, los tratados o incluso las guerras. Implican un mundo donde todos los actores intentan influir en los acontecimientos, donde los motivos pueden ser variados e inciertos y todos los medios son válidos. Así que, siguiendo con el tono del artículo, quisiera terminar con una pregunta: ¿vivimos realmente en un mundo así?

 

Referencias

 

Autor

Agustín Fernández Righi. Finalizando la Licenciatura en Relaciones Internacionales en la Universidad Empresarial Siglo 21.

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