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Galtieri: un peón del sistema internacional

Cualquiera que alguna vez haya jugado al ajedrez sabe que el peón, a fin de cuentas, es una pieza de importancia menor, utilizable y desechable para un fin mucho más valioso: ganar la partida. Para el año 1982, Galtieri ocupaba ese lugar dentro del tablero mundial y el objetivo era ganarle al “oso soviético”. En este contexto, las Islas Malvinas se volvieron sumamente importantes para la OTAN, pero el control efectivo sobre ellas era escaso y la población británica poco sabía de su existencia; para hacer efectivo este control se necesitaba una excusa, el sacrificio del peón. Estos movimientos delineados desde afuera y una incorrecta lectura del sistema internacional por parte del presidente de facto, sumado a años de política exterior agresiva hacia países occidentales (EEUU e Inglaterra principalmente), llevaron a Argentina e Inglaterra al Conflicto del Atlántico Sur.

Una breve historia de absurda política exterior

Desde la finalización de la Guerra de Malvinas se ha repetido reiteradas veces que esta fue una suerte de manotazo de ahogado por parte del gobierno militar, cuya legitimidad de origen era nula y que tenía serios problemas económicos, para mantenerse en el poder. Esta tesis, si bien es plausible en cierto sentido, es insuficiente para explicar el inicio de la guerra en el teatro de operaciones malvinense.  Con esto no quiero quitarle culpa al General Leopoldo Galtieri, quien solo siguió una larga tradición de política exterior sumamente errónea (especialmente de las Fuerzas Armadas), por no decir estúpida.

Dicha tradición viene de larga data, particularmente de los Estados Unidos. Pero nuestra reacia actitud se vuelve más patente con la negativa a colaborar con los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, donde se llegó a afirmar que en “un momento crítico de la historia de las repúblicas americanas” la Argentina había violado deliberadamente sus promesas, y “abierta y notoriamente” ayudaba a enemigos declarados (el Eje) de las Naciones Unidas (Escudé et al., 2000). Luego de la guerra, Perón delimitó su tercera posición durante la Guerra Fría, sumado a los conflictos con sus vecinos (Brasil y Chile) en los sucesivos gobiernos, Argentina se convirtió en un país poco previsible en el sistema internacional.

Todos estos factores desembocaron en un año clave: 1981. Según el capítulo dos del Informe Rattenbach, a principios de este año la actitud británica empieza a ser renuente a negociar la soberanía de las islas. Hasta ese año se habían llevado a cabo negociaciones entre el designado por el Foreign Office, Lord Carrington, y el Comodoro Cavandoli, cuyos avances no habían sido más que efímeros, particularmente por las trabas impuestas por la primera ministra Thatcher.

Otro suceso ocurre en octubre de ese año. Siguiendo a Sáenz (2015), en esa fecha Galtieri se reúne con su par norteamericano, Walters Meyer, durante la XIV Conferencia de Ejércitos Americanos realizada en la base McNair en Washington DC. El General Meyer le hace notar su preocupación sobre el acercamiento del General Viola hacia la URSS por la venta de alimentos y contratos en armamentos militares, lo cual suponía un desgaste aún mayor de un gobierno desprestigiado y agotado políticamente. La propuesta del norteamericano era una salida gloriosa para su par argentino, tomar Malvinas por la fuerza. Finalmente, el General Leopoldo Galtieri cae en la trampa y se convierte en un peón de ajedrez.

La guerra fría y Malvinas

Para explicar Malvinas debemos retrotraernos a Moscú en el año 1956, en el cual asumía como comandante de la Armada Soviética el Almirante Sergéi Geórgievich Gorshkov, quien se propuso dotar a la Marina del régimen comunista con capacidades para desafiar a la OTAN y operar en cualquier parte del mundo. Para el año 1962, la Marina Soviética evidenció su capacidad de intervenir, ergo, amenazar a Occidente, a través del transporte de misiles a Cuba e instalándose en países africanos como Egipto, Siria y Somalia, cuyos puertos tienen una importancia geoestratégica muy relevante.

El peligro consistía en la interrupción de las vías vitales de comercio en caso de entablar un conflicto armado con el bloque comunista. Lo que representaba la mayor amenaza para Occidente eran los gigantes submarinos nucleares de la Armada Soviética que circundaban los mares, los cuales poseían las capacidades para operar en cualquier parte del mundo cuando se lo requiriese, dada la naturaleza de su fuente de energía.

La capacidad operativa del submarino nuclear es increíble, ya que puede operar de manera indefinida en cualquier rincón del planeta. Un submarino convencional posee dos tipos de motores, uno eléctrico y otro diésel. El primero carga al segundo, lo cual supone que el submarino para hacer funcionar su segundo motor y cargar baterías debe emerger y succionar el oxígeno necesario para la combustión diésel. Cargadas las baterías puede operar bajo el agua, poniendo en marcha los motores eléctricos que son mucho más silenciosos y no consumen oxígeno vital para la tripulación. De modo que el área de despliegue de este submarino se encuentra restringida por la cantidad de combustible que pueda cargar.

El submarino nuclear logra superar esta limitación. Esto es posible ya que no necesita repostar combustible para sus motores, porque el reactor que contiene permite generar electricidad de manera ilimitada y no necesita emerger a cargar baterías, solo basta hacer snorkel (succionar aire de la superficie) para dotar a la tripulación de oxígeno. Por lo tanto, con capacidad de despliegue casi ilimitada, además de su sigilo, el submarino nuclear se convierte en un arma que puede decantar la balanza en caso de un conflicto armado. Es ahí donde entra Malvinas como punto geoestratégico de vital importancia para la OTAN.

Para adentrarnos en lo que significa una mirada geopolítica, debemos tener cuenta que la política internacional es entendida esencialmente como poder, de esta manera las relaciones entre Estados son esencialmente competitivas en el plano económico, tecnológico, como así también en el militar; y los gobiernos luchan por el poder para hacer efectivos sus intereses y mantener un cierto grado de seguridad en relación a los otros.

La historia naval ha demostrado, con harta frecuencia, que las potencias marítimas lucharon por el control de estos pasajes o procedieron al fraccionamiento del litoral marítimo. En el eventual caso de una contienda con Occidente, estos cobrarían una mayor importancia, ya que el plan inicial de los soviéticos era inutilizar los principales canales de transporte marítimo (particularmente el de Panamá y el de Suez), obligando a retomar viejas rutas como el cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica) y el estrecho de Magallanes y el pasaje de Drake (dos de los ocho pasajes marítimos más importantes del mundo, ubicados en Argentina y Chile). Esto supone que cualquier buque que deba pasar por estas rutas no solo tiene que alargar su ruta, sino que también estaría a merced de los submarinos y aeronaves soviéticas (Sáenz, J. 2015). Sin contar con que estos pueden transportar misiles nucleares y desplegarlos cuando se los ordenen.

Desde las Malvinas se vigila el tráfico marítimo por el pasaje de Drake porque el camino hacia el Pacífico o la circulación hacia el Atlántico por el mencionado pasaje, pasa cerca de sus costas.

La OTAN en su conjunto asignó “durante la década del 70 y hasta inicios del siguiente decenio una creciente importancia a la presencia soviética en el Atlántico Sur, existiendo indicios (declaración de Wake Forrest, creación del Comando Electrónico de Seguridad, realización de los ejercicios Safe Pass y la visión de la OTAN de que aquellos miembros que estuviesen en capacidad debían fortalecer su presencia en el Atlántico Sur) de la búsqueda de una alteración a esa desfavorable situación”. (Bartolomé, 1997: 321)

Conclusiones: “¡Si quieren venir, que vengan!”

Para el momento en que el General Leopoldo Galtieri se había pronunciado ante la multitud en Plaza de Mayo, ya había caído en la trampa orquestada por el gobierno británico. Siguiendo a Sáenz (2015), Inglaterra necesitaba una intervención Argentina para hacer “legítima” el inicio de las hostilidades, ya que de hacerlo de manera unilateral, es decir, lanzarse por sí misma a la reconquista de las islas, originaria repudio internacional, lo cual iría en contra de los intereses de la OTAN.

Lo planteado anteriormente no remite a una teoría conspirativa. Al contrario, la evidencia está solo con ver las medidas adoptadas por el gobierno británico en marzo de 1982. Primero, se desplegó la flota más grande desde la Segunda Mundial en pocas semanas. Un preparativo de semejante magnitud, llevaría al menos unos tres meses, es decir, en julio hubiera llegado la task force en caso no haber previsto la invasión Argentina.

Segundo, ya había submarinos nucleares antes del día D (2 de abril) y los portaaviones Hermes e Invencible (el primero iba a desguace y el segundo iba a ser vendido a la Marina Australiana, pero su venta se canceló en 1981) para el 5 de abril ya estaban listos y operativos para entrar en combate (Sáenz, 2015: 152).

La cúpula militar todavía pensaba en una salida diplomática, es decir, existía un nivel de ignorancia –llegando a niveles irresponsables– de factores internacionales cuyos errores se pagan a un alto costo (de hecho lo pagamos). Incluso Reagan se tomó un momento para llamar telefónicamente al General Leopoldo Galtieri la noche del primero de abril de 1982, pero este desestimó la advertencia de su par norteamericano de que su apoyo iría para Inglaterra. Esto muestra una doble cara de la política exterior norteamericana que, por un lado, buscaba de alguna manera mitigar el conflicto entre dos Estados “amigos” (del cual uno era su aliado militar), pero, por otro lado, no dejaba de lado el interés de la OTAN por asegurar el poder en Malvinas. En última instancia, una paz condicionada en favor de Inglaterra era lo mejor para Reagan, pero suponía un golpe al orgullo del militar argentino. Esto terminó en la guerra, preferida por Inglaterra.

En conclusión, la Guerra de Malvinas es producto de factores tanto de coyuntura internacional como de política exterior errónea, los cuales fueron demostrados en el presente artículo (de una manera sintetizada). El principal error del gobierno militar fue que su percepción del mundo no se ajustó a la realidad internacional de 1982. Creyó que el Reino Unido no enviaría a sus soldados a pelear al sur del mundo por un puñado de islas. Pero lo peor fue que el General Leopoldo Galtieri estaba convencido de que, en cualquier caso, Estados Unidos respaldaría a la Argentina en la guerra. Por lo tanto, se puede considerar al Conflicto del Atlántico Sur como una derrota anunciada.

Bibliografía

  • Bartolomé M. (1997). El Conflicto del Atlántico Sur: la hipótesis de una guerra fabricada. Boletín del Centro Naval, 834. Pp. 311-324.
  • Cisneros, A. y Escudé C. (2000). Las relaciones bilaterales durante el «Proceso», 1976-1981. 20/3/2018, de Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) Sitio web: http://www.argentina-rree.com/12/12-08.htm
  • Cisneros, A. y Escudé C. (2000). La política del no reconocimiento. 20/3/2018, de Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) Sitio web: http://www.argentina-rree.com/13/13-002.htm
  • Giusiano J. (2014). “La convergencia entre el reclamo de soberanía en el Atlántico Sur y las proyecciones Antárticas futuras”. . 20/3/2018, de Universidad Nacional de Río Cuarto, Córdoba, Argentina. Sitio web: https://goo.gl/mrq2oL
  • Informe Rattenbach, Capitulo II “Las Negociaciones hasta Abril 1982”
  • Saenz J. (2015). Malvinas, el secreto de Galtieri. Córdoba: Editorial Mundo.

Autor

Rafael Garella. Estudiante de Relaciones Internacionales (UCC). Miembro del Proyecto PRESIDES en el año 2016. Trabajo e investigación sobre defensa y seguridad internacional.

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